[unomada-info] ¿Tiene la Universidad algún interés para el capital?

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Lun Feb 4 00:25:42 CET 2008


Un artículo de Montserrat Galcerán, miembro de la Universidad Nómada
(aunque el periódico Diagonal se obstine en obviar esa circunstancia),
publicado en su número 70:
http://www.diagonalperiodico.net/spip.php?article5238

http://www.universidadnomada.net/spip.php?article242&var_mode=calcul

Todos los estudiantes perciben, antes o después, el deterioro de la
institución universitaria, pero constatan rápidamente la presencia en
sus espacios de actores ajenos, tales como los bancos, las
multinacionales, las empresas informáticas o los grandes medios de
comunicación, cuyas enseñas y colores adornan los claustros y pasillos
de los edificios como lo hicieran antaño las efigies de reyes y mecenas.
Son índice del profundo cambio que está sufriendo la enseñanza superior:
de escuelas de élite a centros de masas, y de éstos, a universidades-
empresa dispensadoras de servicios cognitivos.

Los informes del Banco Mundial empezaron a insistir hace ya algunos años
en la necesidad de esta transformación global. El informe elaborado por
D. Johnstone y W. Experton, The Financing and Management of Higher
Education, es de 1998. En ellos, recomendaban dos medidas principales
que en nada se alejan de las recomendaciones a otros tipos de empresa:
flexibilización y reducción de costos.

Ahora bien, en el ámbito educativo flexibilizar significa tratar el
conjunto de los recursos, es decir los edificios, las bibliotecas, los
laboratorios o los profesores como activos que deben ser insertados lo
más productivamente posible y que deben ser combinados de modo
‘flexible’ y variable, reordenando los títulos y enseñanzas según
módulos aleatorios a gusto del consumidor. Se acabaron las carreras
standard caracterizadas por conjuntos de conocimientos predefinidos y
comunes; al revés, se trata de inventar recorridos docentes variados,
imaginativos, que combinen cursos y enseñanzas de diverso tipo y que
sean adaptables en función de las necesidades, o sea de la matrícula.

La otra recomendación, reducción de costos, no entraña tampoco secretos:
se trata de cargar los costes sobre los usuarios y sus familias, y de
recortar los gastos de personal promoviendo plazas de profesores con
escasa estabilidad (contratos anuales o bianuales, ligados a un
proyecto…) en detrimento de la vieja figura del profesor-funcionario
fijo de plantilla. Esos nuevos profesores son la espina dorsal de la
reforma, puesto que carecen de las seguridades y vicios de los antiguos,
y conforman una capa de personal extremadamente joven, móvil y
motivable. En resumen, se trataba, ya a finales de los ‘90, de aplicar a
la Universidad las recetas del nuevo management que iban a transformar
ese ámbito social en una auténtica área de negocios.

La educación como mercancía

Tras las movilizaciones contra la LOU, el Informe Bricall se encargó de
poner los puntos sobre las íes, traduciendo palabra por palabra aquellas
recomendaciones: había que pasar de la Universidad de masas, en franca
decadencia, a una Institución formadora de capital humano; había que
sustituir el concepto de la enseñanza superior como un derecho y un bien
social, por su consideración como una mercancía y una inversión; había
que abandonar la vieja idea de la enseñanza pública y de calidad para
entrar en la era de la privatización de las prestaciones cognitivas;
había que dejar de pensar en una universidad radicada en un territorio
para ubicarla como una agencia globalizada en un ránking internacional;
había que sustituir en la medida de lo posible la universidad presencial
por la enseñanza virtual.

En este proceso el aura de las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación ha oscurecido la adecuación del nuevo modelo a las
exigencias de un nuevo tipo de capitalismo que, juntamente con otros
autores, denominamos capitalismo cognitivo. En este nuevo tipo o fase
del capitalismo, una porción creciente de capital se invierte y se
rentabiliza en “productos cognitivos” al tiempo que crece, imparable, el
número de estos trabajadores sobre el conjunto global. Hablamos del
crecimiento de inversiones en investigación, en I+D, en sanidad y
enseñanza, en informática, telemática, nuevas fuentes de energía y
nuevos materiales, vistos no sólo por su contribución cuantitativa al
crecimiento en sus sectores específicos, sino por el enorme peso que
adquieren en el aumento de la productividad general. ¿Qué es un ‘bien
cognitivo’? Dicho en otras palabras, ¿cómo se fabrica una nueva vacuna,
cómo se desarrolla una nueva herramienta de software, cómo se descubre
una nueva prestación? Los ‘bienes cognitivos’ son resultado de un
proceso que tiene, cuando menos, dos características notables. En primer
lugar, son efecto de un proceso colectivo: ningún genio habría logrado
descubrir nada relevante si no hubiera contado con equipos adecuados y
recursos suficientes. Eso implica que los procesos de creación de
conocimiento incluyen largas secuencias de recopilación y tratamiento de
la información, de pruebas y ensayos, de puestas a punto, de corrección
y ampliación, imposibles para un solo agente.

La forma standard de privatizar ese proceso colectivo la proporciona el
sistema de patentes y derechos de autor que, aun cuando cumpliera una
función en el siglo XVIII para garantizar la subsistencia de los
creadores, está resultando obsoleta. La segunda característica es que
estos bienes, por mucho que se reproduzcan, no se agotan, ni merman en
su eficacia. Más bien al contrario, su uso deviene la ocasión de
enriquecimientos y mejoras del propio producto, que incorpora nuevas
prestaciones. Eso hace que la sociedad basada en el conocimiento sea, al
menos teóricamente, una sociedad potencialmente rica, aunque las trabas
puestas al acceso a los bienes pueden hacerla sumamente injusta y
polarizada.

Estas dos características se aúnan en el tratamiento de la universidad
como gran fábrica de puesta a punto de recursos cognitivos bajo el
dominio de la ideología de la privatización. Se trata, por una parte, de
capacitar el futuro ‘capital humano’ bajo la premisa de que los
conocimientos que el alumno/a va a recibir son una especie de ‘capital’
que le permitirá optar a un mejor puesto de trabajo y que, por tanto,
debe ‘pagar’ con un desembolso previo privado, pues privados serán los
beneficios que obtenga posteriormente en el ejercicio de su profesión,
siendo sólo responsabilidad suya si no lo rentabiliza adecuadamente. Por
otra, se trata de producir bienes intangibles cuya inserción en los
mecanismos de la apropiación privada queden garantizados a través de las
patentes y de los conciertos con las empresas antes de su obtención.

Como consecuencia de todo ello las autoridades públicas se desentienden
de la financiación. Cierto es que los enormes gastos de estas
instituciones desbordan en ocasiones los limitados presupuestos de los
poderes autonómicos pero, como en tantos otros aspectos de la vida
social, la tendencia es dejarlas a merced del mercado, de modo que cada
universidad se autofinancie, cosa que sólo puede hacer en la medida en
que la enseñanza sea pagada por los alumnos –usuarios del servicio– y
que las empresas u otros organismos financieros se interesen por los
productos que generan esas especiales empresas: las capacidades
desarrolladas en los alumnos-futuros trabajadores (“habilidades y
competencias”) y los conocimientos susceptibles de ser rentabilizados,
para lo cual deben estar convenientemente protegidos.

Sin embargo, éste no es el reto. El desafío está en desligar la
Universidad del mercado y acercarla a todos aquellos procesos sociales
que están luchando contra las nuevas formas del capitalismo cognitivo:
de la lucha por el territorio al software libre, de los procesos de
autoformación a las investigaciones participativas. Potenciar esa opción
nos permitiría decir un adiós esperanzado a la Universidad de masas, y
oponer al modelo neoliberal una creación en común de conocimientos
compartidos.



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