[Infos] La acción como una de tantas ilusiones: Crítica del /activismo/

Alejandro Martin Jimeno Alejandro.MartinJ at telefonica.net
Tue Oct 26 18:19:16 CEST 2004


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por favor, consulta al final del escritO]


___La acción como una de tantas ilusiones___


__/Crítica del activismo/__


El primer número de /Maldeojo/, aparecido el año pasado, se anunciaba como 
"cuaderno de crítica y acción social". Sin embargo, al reproducir el texto 
de José Manuel Rojo "Tiempo de carnaval", el periódico CNT calificaba la 
fuente de "cuaderno de crítica social", sólo. Puede que la inexactitud de 
la cita no esconda ninguna intencionalidad, y que se deba simplemente a un 
descuido de transcriptor, pero la corrección resulta tan acertada y tiene 
en todo caso tanto sentido que somos llevados a pensar que pueda no 
tratarse de una /transcripción/, sino de un /desvío crítico/, como un 
papelito amarillo que dijese: de acuerdo, he aquí un texto que merece ser 
leído y comentado por más de quinientas personas, pero a fin de cuentas no 
deja de ser un texto, y por exasperadamente crítico que sea la acción es 
otra cosa.

Efectivamente, aunque la experiencia espectacular esté vaciando cada vez 
más el contenido de nuestros actos y llevándonos a todos a preocuparnos más 
por /representar/ algo que por /significar/ gran cosa, no podemos poner al 
mismo nivel una huelga laboral y la santa indignación de un columnista, un 
programa de inserción de la marginalidad, un atentado, una de las 
doscientasmil firmas o un tartazo al delegado americano en la Cumbre del 
Clima. Tras el agotamiento de las falsas expectativas de desarrollo global 
del Capitalismo Mundial y la evidencia creciente de la imposibilidad de 
frenar sus efectos nocivos mediante la articulación de respuestas 
reformistas que comparten en el fondo su lógica y se ven arrastradas por 
él, la falsa conciencia encuentra ahora en el "compromiso" y en ciertas 
formas tipificadas de "lucha" su paz interior y su consuelo. Vuelve a 
valorarse el "trasfondo social" de las "producciones culturales", el estilo 
"militante" que ya no encuentra dónde militar, la reivindicación barata que 
expresa con su platitud la incapacidad para procesar la complejidad de lo 
real, el romanticismo pijo... Este inmovilismo factual hecho de pequeños 
"transportes" sin dirección ni objetivo lleva a algunos a tomar la 
"dictadura de lo real" por su propia cuenta, tomando por tal realidad sus 
propios temores y hundiéndose simplemente con ella en su negativa a 
mantenerla a flote.

Esto que podemos llamar /ideología de la acción/, o simplemente 
/activismo/, tiene expresiones tan dispares como las indicadas más arriba, 
lo que hace seguramente discutible su categorización genérica, así como la 
comprensión inmediata de las relaciones específicas que dicha ideología 
mantiene con cada uno de los patrones en que se manifiesta, a veces 
bastante enfrentados entre sí. Ninguna ideología resulta por otra parte 
comprensible de esta manera: el contenido de la ideología no resulta 
evidente a partir de su forma realizada. Por otra parte, no habrá pasado 
inadvertida la paradoja que parece entrañar la formulación de una 
"ideología de la acción", toda vez que la condición de toda ideología 
parecía ser su desvinculación con la praxis. No obstante, esta aceptación 
acrítica de la pureza de los conceptos y de la existencia de oposiciones no 
dialécticas entre ellos contiene en sí más ideología que cualquier 
desarrollo "simplemente teórico" de los mismos. No resulta fácil decir en 
qué momento una acción concreta se "ideologiza" ni cómo se "ponen en 
práctica" las ideas. Ya sabemos que no hay acción que no parta de 
presupuestos ideológicos ni ideas que no busquen su realización con más o 
menos fortuna una vez que se formulan. Este mismo texto es consciente de 
ser una determinada /acción teórica/, y no pretende por tanto dictar los 
contenidos de la acción misma, ni aspira a sustituirla. Tampoco /juzga/ las 
motivaciones de los agentes de cada acción concreta ni establece las 
condiciones de la acción eficaz. Trata simplemente de poner de manifiesto y 
de desmontar una de las /figuras ideológicas/ que mejor se corresponden con 
la época de la realización acabada de la ideología.

El mejor ejemplo nos lo proporciona la llamada "acción humanitaria" y toda 
la corriente de voluntarismo juvenil y onegeísmo que la acompañó en los 
noventa. Sin cuestionar aquí la necesidad de dispositivos que palíen el 
sufrimiento que acompaña a las numerosas catástrofes naturales (muchas 
veces asociadas a la explotación incontrolada de los recursos limitados del 
planeta) y a los conflictos bélicos (provocados siempre por choques de 
intereses entre los poderes que se disputan el control de esa explotación), 
es obvio que la acción humanitaria no es hoy el paradigma de ningún tipo de 
oposición eficaz a un sistema para el que la vida humana no es más que el 
recurso a explotar por excelencia. Si alguna vez supuso una heroica 
/práctica alternativa/ a las condicionadas por la lógica del beneficio 
capitalista, hoy se integra funcionalmente en los complejos dispositivos 
que la sustentan. Si en algún punto comporta un auténtico "humanismo" 
preocupado por resolver las cuestiones inmediatas que se presentan aquí y 
allá, su concreción institucional sigue alimentando y legitimando un 
sistema depredador que ha aprendido a sacar provecho de las esperanzas de 
unos y de las ilusiones de otros.

Cuando no es directamente promovida desde arriba por los estados y 
ejecutada por los propios ejércitos, la acción humanitaria no tiene más 
remedio que funcionar como cualquier empresa al uso. Para ser "operativa" 
en el contexto capitalista, una acción humanitaria de la envergadura que 
reclama, por ejemplo, un éxodo de refugiados de una guerra, necesita 
movilizar gran cantidad de recursos y disponer de una organización 
concentrada que los gestione y haga de mediadora. Una vez 
institucionalizada, la "organización humanitaria" desarrollará intereses 
propios y su propia existencia se vinculará de hecho al mantenimiento del 
problema que pretende resolver. El móvil humanitario se convertirá en la 
ideología de una "gestión realista" de los males y los remedios. Por su 
parte, el público espectador podrá llamar "acción humanitaria" a una 
transferencia bancaria, y seguir identificándose con "los buenos" en la 
continuación del drama humano que el televisor programa ante sus ojos cada 
día a la misma hora. Finalmente, la ideología de la acción humanitaria así 
constituída podrá servir de reclamo publicitario de cigarrillos y 
refrescos, cuando no de coartada para el surgimiento de entidades 
humanitarias fantomáticas con explícitos fines empresariales o con fines 
encubiertos al servicio de grandes poderes.

Otro ejemplo contemporáneo de acción adjetivada (es decir, convertida en 
sustantivo, en sustancia consumible y participable) es el caso de la 
llamada "acción estética". Venida de los territorios del arte como una de 
las formas de superación efectiva de sus límites y de reintegración del 
juego al mundo vivido, este rábano emancipatorio ha sido nuevamente cogido 
por las hojas de una estéril vanguardia y hervido en el mismo caldo de 
cultura insustancial que sus progenitores dadaístas. La conmoción del arte 
vuelve a transfigurarse en arte de la conmoción. Cuando los artistas 
plantan su chiringuito en la feria de la acción simbólica no pretenden 
dejar de serlo, sino serlo más que todos sus contemporáneos: no van a 
ninguna parte, sólo huyen de sí mismos. Y cuando los movimientos sociales 
atraen con pantomimas la curiosidad de las cámaras no están rompiendo con 
el pasivismo y la contemplación: lo hacen para ser contemplados.

Este "modo de acción" se entiende como "participación" en el discurso 
social que hoy toma forma en los medios. Considera, o bien que es posible 
intervenir en la construcción de ese discurso a través del espectáculo, o 
bien que resulta imposible hacerlo si no es a través de él, al haber 
invadido el espectáculo el mundo real y abolido en él todo criterio de 
verdad y falsedad. No creemos que resulte renunciable la referencia a toda 
verdad, por más que esta verdad se encuentre siempre suspendida en su 
representación. En cuanto a la posibilidad de intervenir a través del 
espectáculo, de agenciarse sus dinámicas y de subvertirlo en un sentido 
emancipador, están expuestas a un debate más complejo. No puede 
desestimarse por principio, pero tampoco debe ser celebrada acríticamente. 
Participar en la lógica del espectáculo con contenidos positivos 
(reivindicaciones, exposición de puntos de vista alternativos, producciones 
"críticas") entraña la ingenuidad de tomar el espectáculo por lo que dice 
ser: un reflejo objetivo de la realidad, un marco neutral donde se 
despliega el sentido como síntesis de los lenguajes que pugnan por hacerse 
comunes, por /comunicarse/. Hacerlo con sus propias armas, llevando su 
mistificación aún más lejos para colapsarlo, puede acentuar mínimamente el 
proceso de su descomposición irremediable, plantearle retos siempre más 
duros, pero los alfilerazos en los tobillos no alcanzan nunca el corazón de 
la bestia y nada sugiere que no puedan ser transformados en un efecto 
espectacular más, digno de ser contemplado y celebrado en un momento en que 
los "efectos especiales" ya no nos hacen levantar la vista del plato. Estos 
refrescantes "golpes de ingenio" no supondrán en última instancia sino la 
actualización de las figuras y los recursos del espectáculo, su adecuación 
a los tiempos en que el espectáculo autónomo, como antaño el arte autónomo, 
no puede hablar ya más que de su propia descomposición.

En realidad, quien pretenda infiltrarse en el espectáculo habrá de tener 
presente que lo hace en territorio enemigo. La lógica de los medios se 
inclina siempre del lado de su concentración, es decir del poder y de la 
dominación. La repetición condicionante de consignas vacías se impone sobre 
la dimensión cualitativa del lenguaje, entierra su profundidad y disuelve 
su sentido. Un medio de comunicación es equiparable a un arma de 
destrucción masiva de conciencia, y ante las modernas tecnologías del 
condicionamiento la guerrilla cultural no es más que un fenómeno marginal y 
anecdótico mantenido en gran medida por la necesidad de seguir vendiendo 
"cetmes". Y miedo. E ilusiones. Y sinsentido.

Idéntica suerte ha corrido la guerrilla telemática, el llamado 
"hack-tivismo", y por idénticas causas. Intervenciones puntuales y 
anecdóticas que pocas veces dañan significativamente la estructura del 
sistema producen el refuerzo de los dispositivos de control y seguridad 
(entre ellos las leyes que regulan el tráfico de información) y estimulan 
el desarrollo de una industria que vive de su propia obsolescencia, 
distanciando cada vez más al especialista de la programación, capaz de 
actualizar constantemente sus conocimientos, y al consumidor final, que la 
mayoría de las veces desconoce los códigos con que se relaciona con su 
propia máquina y no deja de percibir el "espacio público" que podría ser la 
red como un "territorio amenazado", y no tanto por la policía como por 
"gente imprevisible".

En realidad, estos ejemplos no son sino representaciones virtuales, farsas 
románticas en que la historia se repite a sí misma, del modelo de "acción 
armada" que hace tiempo mostró sus límites: necesidad de concentrar los 
recursos para oponer una mayor resistencia al enemigo y consecuente 
producción de estructuras rígidas y de modelos jerárquicos de decisión, 
sacrificio militante (y militar) a la Causa que pasa a justificar la vida y 
no a la inversa, héroes y mártires por todas partes, secretismo, 
infiltración, terror, una espiral de violencia y confusión que dinamita 
todo desarrollo positivo. En suma, afirmación del Poder en su propio 
terreno y sacrificio paradigmático de la vida a todas las instancias de la 
representación: la de una ideología que se acepta religiosamente y la de 
unos medios de confusión que someten a su propia lógica toda producción de 
eventos. El "espectáculo integrado" no es sino el espectáculo del terror.

Podemos aislar por tanto algunos rasgos que afectan de forma idéntica a las 
diferentes modalizaciones de la acción que hemos considerado aquí como 
expresiones diversas de una misma ideología: son /espectaculares/, es 
decir, concentran recursos e intereses, desarrollan ámbitos de producción 
separados, generan especialistas de la producción del sentido y cristalizan 
en instituciones que se reproducen al margen de aquello que las inspira; y 
son, además, /espectaculistas/, se hacen para el espectáculo, para ser 
consumidas en la contemplación productiva, subordinando todo contenido a la 
producción de imágenes.

Si esta ideología de la acción fuese el mero reflejo de la acción misma aún 
sería pura y simple "representación" de esa acción. Pero la determinación 
ideológica no reside en aquello que simplemente expresa, sino en lo que 
oculta o presupone. El concepto de "acción" ha sido un valor en constante 
alza a lo largo de la historia del capitalismo, y una consigna cada vez que 
su dinámica inerte ha topado con un límite. La acción es la panacea contra 
el "aburrimiento". Cuando el director de escena grita "¡acción!", la 
realidad queda en suspenso y los muertos se levantan de su tumba. Sin 
"acción", no hay espectáculo que valga la pena. En mitad del tedio y el 
vacío de la supervivencia cotidiana, la invocación a la acción atrae la 
mirada tanto como la luz parpadeante del móvil en una habitación a oscuras. 
Fueron "hombres de acción" los primeros emprendedores del naciente 
capitalismo, y hoy es la "iniciativa" de los "ejecutivos" y los "creativos" 
la que sostiene sus cimientos. Así que no resulta extraño que su fuente de 
valor sea un flujo constante de "acciones". El futurismo nació para 
convertirse inmediatamente en ideología de la tecnología y exaltación de la 
guerra. El /Do It Yourself/, el flujo alternativo de comunicación, deriva 
fácilmente en territorio de conquista, abre nuevos ámbitos de explotación, 
produce imágenes de reconocimiento. /You Can Do It!/, es decir: ¡hazlo! 
Detrás de la ideología de la acción existe, además de un proyecto de 
transformación de las condiciones de vida, una ideología de la 
"productividad" camuflada y un positivismo necio que busca el "éxito" a 
través de la "competencia".

En un mundo donde la acción es un valor del poder, ¡hay que ser "marchoso"! 
Más invocada y suscitada cuanto más agotados se encuentran sus principios 
(hoy más que ayer), la acción que propugna esta ideología es el fundamento 
del espectáculo. El espectáculo es el "concepto" de la acción. No sólo 
porque vive esencialmente para representarla (es decir, no sólo porque ella 
es /espectacular/), sino porque en ella reside su principio generador 
/espectaculista/: la disponibilidad con que el mundo se nos entrega, la 
obscenidad con que se humilla ante nuestras miradas pudientes, la ilusión 
de operatividad que nos proporcionan nuestros "medios". El espectáculo no 
es falso porque cuente mentiras: es la mentira fundamental. Transforma todo 
movimiento en /movida/ y divide el principio de la acción en mil pequeñas 
/actividades/.

/¿Qué "hacemos" entonces?/ No se trata de fomentar el pasivismo y la 
inacción, ya bastante extendidos. La acción es principio y consecuencia de 
la condición humana: a través de ella trascendemos nuestras limitaciones y 
buscamos siempre convertir nuestro desarraigo en autonomía. Es también la 
acción la que sacraliza los momentos y los fija a la memoria 
eternizándolos: la experiencia se nutre de la acción. Sin la acción, el 
tiempo sería una secuencia uniforme del mismo segundo. Cuando dejamos de 
actuar, envejecemos. De forma que en la acción misma, más incluso que en 
sus resultados, se encuentra la salvación que se busca en estos. Lo que 
aquí denunciamos es precisamente la /expropiación/ de esa acción en el 
mundo moderno e hiperburocratizado, la destrucción de todos sus puntos de 
referencia y su conversión en /figura/. Se trata entonces de volver a 
plantearse, en un mundo que ha hecho de ella fetiche, cuáles son sus 
auténticas condiciones de posibilidad, y cómo puede "reactivarse" la acción.

Cuando todo se mueve por inercia, con velocidad uniformemente acelerada, 
hacia la nada o hacia metas que definitivamente se nos escapan, la acción 
que se pretende autónoma y propugna la autonomía no consiste en ir más 
deprisa que ese movimiento, sino acaso en saber detenerse y contemplarlo 
con ojos desengañados (puede que incluso en poner zancadillas a los que 
corren demasiado). Puesto que se ha vuelto tan barata, es preciso 
/problematizar la acción y restaurar su valor/. Toda acción supone 
decisión, aplicación de principios y de objetivos, y una y otros se 
encuentran ausentes cuando la pura acción se convierte doctrina, en 
criterio y en programa. Tanto da que se la invoque en un spot televisivo o 
en los voluntariosos reproches de quienes se encuentran /cómodos actuando/.

Problematizar la acción significa hoy darle sentido y profundidad. En el 
desarrollo de la capacidad crítica se da también un momento contemplativo 
sobre el que hoy se pasa pronto de largo: es una acción poco evidente y 
nada productiva, pues su objetivo no es arrebatar al espectador, ni tampoco 
entusiasmarlo. Pero sin él, el contenido de la acción no cristaliza ni 
desprende ningún efecto /efectivo/. Al igual que el arte ha dejado de tener 
sentido en una época que lo ha visto realizarse en el mundo estetizado de 
la mercancía, desplazándose el peso de la producción de sentido del creador 
al receptor o intérprete (es decir, a la gente común, puesto que el 
problema no reside hoy en conformar un mundo de imágenes, sino en insuflar 
de nuevo vida a un mundo convertido en imagen), la producción social de 
acontecimientos ha de ser hoy constantemente desenmascarada por la crítica 
de los intereses que en ella se escenifican.

Por otra parte, si el planteamiento de toda acción comporta en sí mismo un 
componente de dominación que /objetiva/ e /instrumentaliza/ su objeto, 
habrá que tener presente que toda acción es a un tiempo /interacción/ con 
un medio natural y humano, y desarrollar esa interacción con el entorno y 
con los demás agentes de forma constructiva. Habrá que entender esa acción 
menos como producción de /enunciados/ que como un /diálogo/ en el que saber 
escuchar (sin resentimiento, sin asentimiento) es tan importante como poder 
hablar. Habrá que atender a lo /negativo/, a lo /pequeño/, a lo /cercano/: 
ceñir el alcance de nuestra acción a dimensiones humanas no supone una 
renuncia, sino el reconocimiento y la aceptación de aquello mismo que 
defendemos. Es comprender que toda acción que no es /directa/ no es en 
último término sino /representación/, y que como tal se proyectan intereses 
concretos en ella y se suscitan a través de ella ilusiones vanas.

Luchar no es lanzar apuestas inútiles ni brillar en la cima de la revuelta, 
sino construir desde la base, en contextos liberados de las rutinas 
capitalistas de producción de valor, valores que podamos compartir y que 
den profundidad a nuestras acciones. Todo ello supone una /percepción/ 
completamente diferente /de las relaciones/. Sólo una comprensión del mundo 
sobre bases distintas permitiría construirlo sobre bases distintas.

_Maldeojo_, mayo del 2001.







[Tabla de equivalencias de formato-texto plano empleada en este texto]

/palabra/ == palabra (en cursiva)
_palabra_ == palabra (en negrita)
___palabra___ == palabra (con fuente grande, o título principal)

* La causa de la conversión del formato en texto plano es que preferimos no 
hacer demasiado uso del ancho de banda de las redes de comunicaciones, 
salvo cuando veamos que sea necesario, y no queremos que empiecen a 
proliferar cuentas de uno o varios gigabytes como respuesta (/parche/) a la 
cantidad de información que llega a nuestros buzones de correo cada día 
(mucha de ella, spam, y mucha de ella, también, correos con grandes letras 
y escaso contenido).

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