[Infos] ¡Todo el poder para las asambleas?

Alejandro Martin Jimeno Alejandro.MartinJ at telefonica.net
Sat Oct 30 18:49:01 CEST 2004


¡Todo el poder para las asambleas?
Sacado de la web de Ekintza Zuzena. Viernes,29 de octubre de 2004
http://www.nodo50.org/ekintza/articulos.php3

Miguel Martínez

Quiero plantear aquí algunos interrogantes sobre el significado de la 
práctica asamblearia en general. Voy a evitar hacer un listado de los 
reiterados vicios y obstáculos de esas prácticas que acaban muchas veces 
con la paciencia y buena voluntad de quien participa en ellas (por ejemplo, 
la deficiente o nula moderación, la incapacidad para debatir o tomar 
decisiones, el sexismo, la manipulación partidista, el gigantismo de 
algunas asambleas, etc.), aunque mencionaré alguno de pasada. A cambio, 
argumentaré primero que la práctica asamblearia tiene una relación bastante 
problemática entre su uso como medio de reunión (para deliberar, 
reglamentar o comprometerse con acciones específicas) y la finalidad 
política de una sociedad organizada fundamentalmente de forma asamblearia. 
En segundo lugar, apuntaré que la centralidad de las asambleas tiende a 
ocultar otros procesos de relación social, previos o posteriores a ellas, 
tanto o más relevantes para hacer efectivas transformaciones sociales de 
cierto calado. Por último, defenderé que de la asamblea se pueden derivar 
varios tipos de , lo cual, sin embargo, no es sinónimo de . Se trata sólo 
de unas breves notas, pero busco con ello que cualquier miembro de 
colectivos o (no sólo, poco o que no se declaren necesariamente como tales 
en sus ) se pregunte críticamente sobre el sentido de sus asambleas: hacia 
dónde van, qué están consiguiendo...

Antes de abordar esas cuestiones, me parece conveniente introducir algunas 
que nos ayuden a relativizar lo que entendemos por . Lo primero que 
deberíamos advertir es que no sólo colectivos, organizaciones y plataformas 
coordinadoras de los movimientos sociales (pacifistas, ecologistas, 
feministas, contrainformativos, de okupación, de solidaridad, 
antiglobalización, etc.) tienen como eje central de sus actividades de 
debate y decisión las reuniones de carácter asambleario, sino que éstas 
también están presentes en otras entidades más clásicas, como sindicatos, 
partidos, asociaciones, cooperativas, parlamentos, colegios o empresas 
(juntas de accionistas), por no mencionar aquellas asambleas de afectados 
que se convocan en barrios o centros de estudio y trabajo ante problemas 
puntuales.

Una primera diferencia en todo ese conjunto es que, en la mayoría de casos, 
la asistencia a la asamblea está abierta sólo a toda persona que acredite 
pertenecer a las bases del colectivo promotor de la misma o, más 
ocasionalmente, a la población más próxima por ser partícipe de los 
intereses o motivaciones que la han suscitado. Entre los grupos que se 
autodefinen como también se opera algún tipo de cierre, generalmente de 
carácter informal, que regula quién puede o no asistir, aunque en ellos, 
como en otras entidades de carácter (las que buscan constantemente ampliar 
su afiliación o influencia, tal como ocurre con los sindicatos, partidos y 
asociaciones vecinales), se suele aceptar la premisa de a las asambleas (o, 
por lo menos, a algunas primeras de ).

Otra reincidente diferencia es que en algunas asambleas está claramente 
diferenciada una formal del resto de los y las presentes, constituida 
aquella por los miembros que ostentan algún cargo en la organización, por 
una comisión coordinadora que preparó la asamblea o por aquellas personas 
que poseen más información que el resto sobre los asuntos a tratar; 
mientras que tales separaciones son menos fáciles de ver en otras. Una 
última diferencia se puede hallar en que, en algunas asambleas, la 
intervención de las personas asistentes es muy escasa y cuenta casi más su 
asistencia que sus opiniones y votos, actuando dicha asistencia a modo de 
confirmativo de lo que allí se propone (y los así lo evidencian) o de 
simple (ir a enterarse de qué pasa).

Todo lo anterior nos debe prevenir sobre dos prejuicios frecuentes, a 
saber: 1) la celebración de asambleas no es en sí misma una garantía de 
cambio social o de democracia, ya que puede ser un mecanismo perfectamente 
reproductor de desigualdades y opresiones sociales; 2) las diferencias 
entre tipos de asambleas, organizaciones en las que se inscriben, 
frecuencia y forma de desarrollo de las reuniones, etc. son importantes y, 
en lugar de pasarlas por alto, sería acertado percibir lo que aporta cada 
una y en qué están limitadas. Lo que quiero decir, por tanto, es que no es 
suficientemente clarificador el que un colectivo se identifique como porque 
tantas virtudes pueden comportar los diferentes modelos de asamblea de 
otros colectivos no definidos con ese rótulo, como defectos pueden 
arrastrar los primeros con algunas o muchas de sus prácticas internas a las 
asambleas o impregnando el resto de su vida social.

¿Reuniones Ágiles y eficaces, o pasos hacia una sociedad asamblearia?

Hace ya casi un año la crisis económica y política argentina dejó un saldo 
sorprendente en el plano de la organización social: se formaron y 
reconfiguraron, durante meses, numerosas asambleas populares en la calle en 
continuidad inseparable con movilizaciones de protesta desconocidas en las 
décadas anteriores y que, al parecer, hicieron dimitir a varios gobernantes 
del país. Nunca antes habíamos podido asistir a muchos de esos debates casi 
en directo, fundamentalmente por medio de lo recogido en agencias 
independientes de internet (como argentina.indymedia.org, por ejemplo). Y 
tampoco han faltado las comparaciones con otras épocas de exacerbada 
conflictividad social, cuando huelgas y colectivizaciones obreras, por 
ejemplo, catalizaron también intensos y a menudo interminables encuentros 
asamblearios; o con movimientos sociales más recientes como el de la lucha 
contra el paro en Francia, el estudiantil en México o el antiglobalización 
en Italia y España. Las preguntas inevitables ante ese tipo de experiencias 
serían: ¿Puede una sociedad compleja, diferenciada y conflictiva, 
organizarse permanentemente por medio de asambleas generalizadas? ¿Es esto 
lo que pretenden los colectivos o lo que se aprende inconscientemente en 
cualquier colectivo que hace asambleas?

Aunque la etimologia de ‘asamblea’ remite simplemente a , el primer término 
ha ido adquiriendo, en la tradición occidental por lo menos, unas 
connotaciones que aluden a un tipo específico de reuniones: las que llaman 
a la totalidad de integrantes de un colectivo (asociación, ciudadanía, 
representantes, etc.) a informar, debatir y tomar decisiones sobre las 
cuestiones más señaladas de su actividad. Mientras que puede haber 
reuniones de grupos de trabajo, de comisiones o informales entre 
cualesquiera miembros y no miembros del colectivo, las asambleas 
(especialmente las , que en muchas entidades tienen carácter anual) se 
encargarían, sobre todo, de perf lar y aprobar la política general de la 
organización, su estrategia a medio o largo plazo.

En ese sentido, una asamblea sería la en la que definíriamos nuestros fines 
últimos y decidiríamos los medios prácticos a poner en marcha en 
concordancia con aquellos. Las ideas de ‘norma’ y de ‘institución’ suelen 
suscitar rechazo, y con razón: en las democracias liberales representativas 
nos atan con normas que deciden unos pocos, los cuales se atrincheran en 
instituciones que nos exigen considerar como si fueran sagradas. Pero una 
norma no es más que una especie de termostato con el que regulamos la 
temperatura de un colectivo: traduce los objetivos últimos que perseguimos 
en instrucciones () y condiciones encadenadas (no consensuamos... podemos 
votar..., votamos... podemos aprobar por mayoría simple..., no votamos... 
podemos esperar...) Y una institución no es más que el encuentro rutinario 
de quienes tienen interés en cabalgar sobre el tiempo: es decir, en 
organizar la vida pública desde el presente pensando constantemente (entre 
lo razonable y lo obsesivo) en el futuro.

Pero las asambleas, como cualquier otra institución instrumental, al 
servicio de fines limitados o ampliados, son unas máquinas frágiles y 
paradójicas: con frecuencia modifican parcialmente o sustituyen 
completamente normas y decisiones vetustas; están abiertas a una amplia -si 
no total inspección pública (esa es una de las funciones del libro de 
actas); están subordinadas siempre a debates generales -utópicos- y al 
análisis colectivo y controvertido -tópico- de su eficacia y adecuación a 
la realidad; son fuertes y débiles porque cuestionan y son cuestionadas; en 
ellas se pretende organizar el espacio y el tiempo a la vez que ellas 
mismas requieren espacio y tiempo... Todo el esfuerzo que exigen, en 
consecuencia, hace comprensible la prédica a favor de su mayor agilidad y 
eficacia. Se trata, ni más ni menos, de que el instrumento funcione para lo 
que se ha ideado. Y esta demanda será elevada con semejante inquietud tanto 
por quien cree en una sociedad asamblearia como por quien no.

Ahora bien, una sociedad con asambleas generalizadas es afín a lo que se 
conoce como ‘democracia directa’ y, en su versión extrema, aboliría 
cualquier institución representativa, aunque debería asumir, cuando menos, 
alguna de índole coordinadora, federativa o confederativa. No obstante, en 
las propuestas menos radicales de ‘democracia participativa’, en las que se 
conservarían las necesarias instituciones representativas aunque con mayor 
transparencia y control social, también se le concederían generosos 
márgenes a la realización de asambleas (es el caso, por ejemplo, del modelo 
de los ‘presupuestos participativos’). En el fondo, reside un 
reconocimiento de que las asambleas son el principal medio por el que el 
pueblo puede ejercer su soberanía y autogobierno, aunque las ideologías de 
democracia radical (incluidas las ) difieren de las más representativas al 
considerar las primeras que los otros mecanismos de ejercicio de soberanía 
(voto y gobierno, fundamentalmente) restringirían las capacidades del 
sujeto soberano (es necesario tener reconocidos derechos de ciudadanía para 
poder participar, seguir los procedimientos reglamentarios, etc.) y 
traicionarían sus poderes autónomos de organización, de expresión, de 
decisión y de acción.

Sin embargo, no son de poca enjundia los problemas esenciales que deben 
enfrentar quienes defiendan las asambleas como pasos hacia una sociedad 
asamblearia. El primero sería que los son muy grandes en tamaño y contienen 
en su seno a gente muy diversa (y, más o menos latentemente, enfrentada en 
sus intereses). El segundo es que ya existen gobiernos, autoridades 
dependientes de ellos y como pilares de los Estados y sociedades 
capitalistas ante los que no cabe la actitud de hacer . Por ello, no se 
pueden eludir dilemas como los siguientes: ¿puede haber una (el problema de 
la federación o confederación)? ¿Todas las asambleas de todos los 
colectivos son igual de legítimas? ¿Cuál es el tamaño óptimo de una 
asamblea popular? ¿Pueden reunirse en una misma asamblea grupos sociales 
con propiedades y recursos muy desiguales o sólo debemos animar al 
asamblearismo a los grupos dominados? ¿Las asambleas reducen o reproducen 
esas desigualdades externas? ¿Se debe organizar la sociedad 
asambleariamente en forma de a las instituciones estatales o como 
complemento a ellas? ¿Agotan las asambleas las formas de decidir 
legítimamente o precisan complementarse con otras modalidades distintas 
(tanto o más creativas)?...

Por desgracia, creo que ni las experiencias referidas, ni otras avanzadas 
apuestas teóricas (como el de Biehl y Bookchin, o la red de del 
situacionismo) han dado respuestas definitivas a estas preguntas de modo 
tal que se pueda defender sin fisuras este horizonte ideológico (la 
hipótesis de una sociedad asamblearia o de una óptima democracia directa) 
frente a cualquier colectivo, asociación, empresa cooperativa o plataforma 
que simplemente hace asambleas. Sin responder racionalmente a esas 
cuestiones, por lo tanto, sería dificil sostener la coherencia entre las 
asambleas como medio y la sociedad asamblearia como fin, ya que esta última 
se convertiría en un mito ideológico indescifrable.

Coexistencias entre las asambleas y la vida cotidiana

Creo que también es un error común pensar en las ventajas o penurias de las 
asambleas -y en las exigentes energías, en todo caso, que nos absorben-, 
sin ponerlas en relación con lo que acontece antes y después de esas 
reuniones. Por una parte, ya he sugerido que muchas asambleas sólo tienen 
sentido al mismo tiempo que existen otras formas de manifestar el poder 
social: conflictos y movilizaciones (al agotarse éstos, generalmente, 
transmiten su extinción a las asambleas a que dieron lugar). Por otra 
parte, también se ha indicado que, a menudo, saltan a la vista las 
contradicciones constantes entre nuestras prácticas cotidianas fuera de las 
asambleas y los deseos que expresamos en ellas, con mayor o menor tiento, 
de acuerdo con los fines y posturas adoptadas por la organización con la 
que colaboramos. Con uno u otro signo: por ejemplo, cooperar con otras 
personas que consideramos y respetarlas más fuera de las asambleas de lo 
que hacemos dentro de éstas con muchas personas a las que somos más y con 
las que estamos en posición de mayor ; o, por poner otro ejemplo del otro 
extremo, llevando fuera una vida cargada de prejuicios y abusos de nuestros 
privilegios (en el bar, en el trabajo, en casa...), que sólo se dejan de 
lado temporalmente en las asambleas, cuando se observan fielmente las 
mínimas normas de relación (explícitas o implícitas: durante la asamblea).

A m ju c o, en pr mer lugar, para transformar nuestra vida cotidiana 
precisamos nociones generales sobre el conjunto de opresiones existentes en 
nuestra sociedad (y en el planeta en general). Cualquier momento es 
apropiado para discutir, rebelarnos, resistir y modificar en lo posible 
esas opresiones. Pero no podemos pretender que todas las personas que 
acuden a una asamblea hayan pasado por las mismas reflexiones y cambios. Ni 
siquiera que conciban las asambleas en calidad de una experiencia personal 
más que contribuya a esos procesos globales, y no sólo como una rutina añadida.

Las asambleas, pues, no serían más que nudos de una red, unas pausas en el 
tiempo en las que podemos expandir nuestras reflexiones y reanudar alianzas 
y compromisos para aumentar la intensidad de acciones futuras. Estas 
acciones pueden alterar nuestros ritmos y actitudes en el resto de nuestra 
vida, pero no es seguro que se deba a un poder inherente a las asambleas. 
Más bien considero que sería fruto de un enriquecimiento recíproco. Y de la 
misma forma que la mayoría de asambleas no constituyen una unidad armoniosa 
con un crecimiento vital iniciado fuera de ellas por la mayoría de personas 
que las forman, tampoco podemos aceptar de brazos cruzados lo contrario: 
que sean precisamente los momentos asamblearios los escogidos por algunos o 
algunas para dar rienda suelta a sus frustraciones, a sus carencias de 
otras relaciones sociales íntimas o comunicativas, o a sus animadversiones 
personales (afectivas) e ideológicas. De nuevo es comprensible que se 
demande a menudo más operatividad y diligencia en la realización de las 
asambleas. El tedio, la autocomplacencia y la violencia verbal desatada en 
algunas serían síntomas del rango de excepcionalidad y de aislamiento casi 
mítico que se le confiere a los encuentros asamblearios. Es decir, como si 
ese punto de un proceso social más amplio y diverso, tuviera tanta 
importancia (o tan poca) que nos olvidáramos de lo que sucede antes y 
después de él.

Si no queremos que la asamblea se convierta en una cárcel o en un 
espectáculo más, debemos ir preparados. Los temas que se van a debatir en 
la asamblea deben conocerse con suficiente antelación y, a la vez, su 
debate previo e informal puede facilitar mucho el entendimiento ulterior. 
Por supuesto, para debatir hay que informarse, contrastar ideas, escuchar e 
ir tomando algunas posiciones propias. De la misma manera, pueden 
anunciarse asambleas, comisiones o reuniones exclusivamente dedicadas a 
debatir o a generar la información necesaria para debatir, sin la presión 
de tener que tomar una decisión precipitada.

Otro de los prolegómenos con similar incidencia lo podríamos situar en las 
formas de convocatoria a la asamblea. El éxito de asistencia dependerá en 
buena medida de quién, por qué medios, con qué tema, en qué lugar y en qué 
plazos se llama, se incita o se ruega para que se junten. De igual manera 
que puede resultar superfluo y confuso que asista a una asamblea mucha 
gente si no ha existido debate previo (a no ser que se pretenda usar sólo 
como símbolo de protesta ante las autoridades o los medios de 
comunicación), también será bastante incierta la asistencia si no ha habido 
antes una mínima convivencia y conocimiento mutuo entre las personas 
convocadas, pudiendo interpretarse toda convocatoria unilateral como una 
conducción externa de sospechosas intenciones.

En una asamblea, por lo tanto, se participará cuando existan condiciones 
favorables que hayan ido fermentado lentamente con anterioridad a su 
celebración (así como otras, claro está, implícitas a su propio 
desarrollo). Para participar hay que tener, además, experiencia y 
confianza. Experiencia de haber participado y confianza en que vale de algo 
hacerlo. Un excelente sustrato para ambas se encuentra en los días y 
sucesos posteriores a una asamblea: bien porque en ellos se ha aplazado 
alguna decisión importante sobre la que no existía consenso (y no se aprobó 
por mayoría alguna), bien porque se han repartido responsabilidades y se 
han adquirido compromisos que deben materializarse antes de la próxima 
asamblea, bien porque los conflictos dialécticos en la asamblea se han 
sentido y permanecen como conflictos personales fuera de ella, bien porque 
ha quedado indefinida la fecha y sentido de la próxima asamblea, etc. Si no 
existe continuidad entre la asamblea y todo este tipo de cuestiones, 
volveremos de nuevo, creo, al aislamiento fetichista de la asamblea.

El no llevar adelante las decisiones tomadas en la asamblea (o no hacerlo 
tal como se especificó en la asamblea, o no haberlo especificado 
suficientemente) es, como bien se puede deducir, el principal ataque 
deslegitimador que le acecha, pero no el único. El hecho de que siempre 
unas pocas personas y las mismas cada vez, sean las que asuman compromisos, 
tampoco estimula mucho a que otras participen, adquieran experiencia y se 
creen lazos de conf anza mutua. El no enseñarse unos a otros lo aprendido, 
fuera también de la asamblea, o el no ayudarse material y económicamente, 
pueden estar haciendo de la asamblea una ilusión evanescente y con pies de 
barro...

¿Una jerarquía invertida y respeto a la autoridad?

Recientemente estuve en un Centro Social Okupado y Autogestionado de 
Sevilla, Casas Viejas-2, en el que se exhibía la siguiente inscripción: . 
Estaba graffiteada en el interior del portalón metálico de entrada y, 
aunque compartía poder evocador con otras pancartas y mensajes en las 
paredes de aquella nave, su efecto de despedida para todo visitante no dejó 
de llamarme la atención. También retuve en mi memoria un comentario de uno 
de los activistas de la okupación: la segunda parte del lema había 
molestado a algunas personas, por lo que, probablemente, ya tenía los días 
contados. Enseguida me pregunté si la decisión de borrar esa alusión a la, 
en entredicho, autoridad de la asamblea, había sido discutida en asamblea, 
si esas cuestiones se arreglaban en conversaciones informales y si alguna 
persona de otra asociación o colectivo o de otro movimiento social 
simplemente esquivaría el envite con una sonrisa de incomprensión ante esos 
gestos decorativos.

En realidad, la clásica consigna anarquista , presentada así de desnuda, 
siempre me ha parecido que encierra demasiada ambigüedad. Y, además, creo 
que las asambleas sí tienen alguna autoridad estimable debido a lo ya 
expuesto: son órganos voluntarios cuyos acuerdos nos vinculan y, por tanto, 
debemos respetar y materializar. Una tercera herejía es que no sólo serían 
rechazables autoridades no o emanadas de la asamblea: se podría ampliar la 
excepción -sin que se nos caigan los anillos por ello- incluso para 
aquellas autoridades que actúen de forma justa, transparente y sean 
revocables en todo momento, aún siendo designadas en un marco político con 
el que estemos en desacuerdo. Desde luego, no se puede cambiar la sociedad 
en dos días (o en dos asambleas) y lo anterior no obsta para que se pueda 
ejercer el derecho a la desobediencia legítima a cualquier autoridad o ley 
que consideremos injusta (bien por lo que hacen, bien por cómo lo hacen), 
argumentando y sopesando esto último justamente..

De acuerdo con esto, las asambleas, en buena parte de los colectivos que 
las adoptan bajo las modalidades expuestas, constituirían un órgano 
superior en una estructura jerárquica de decisiones, por mucho que 
instituyan en su seno la máxima igualdad u horizontalidad posibles. Aunque, 
conviene insistir en ello, ni las asambleas agotan la vida social u 
organizativa, ni de ellas -por sí solas- se pueden esperar grandes cambios 
sociales. Más bien, se debería hablar aquí de una jerarquía invertida, por 
oposición a aquellas organizaciones en forma de pirámide clásica en que las 
decisiones más importantes son tomadas por los menos y a las que se 
denomina, habitualmente, . Pero el autoritarismo, entendido como abuso de 
autoridad, puede ser un fenómeno que también se manifieste en el vientre 
mismo de las asambleas o en su entorno inmediato.

El término ‘autoridad’ guarda estrecha familiaridad con los de ‘autor’ y 
‘autoría’, es decir, que se referiría al sujeto (individual o colectivo) de 
una obra (acción, opinión, discurso, norma...) Sólo el autor o autora puede 
actuar o presentarse, así como sólo él o ella puede delegar o ser 
representado. Una forma básica de autoritarismo se pone de relieve cuando 
alguien, ostentando alguna autoridad o cargo, se expresa en una asamblea (o 
fuera de ella) ejerciendo una opresión sobre las posibilidades de expresión 
de otros u otras. Podríamos extender la calificación de autoritarismo al 
hecho de que alguien o varios (las comisiones, portavoces o secretarios/as) 
en quienes ha delegado la asamblea algún trabajo puntual, se desvíen de lo 
encomendado, actuando en contra de los principios generales acordados en la 
asamblea o siguiendo únicamente sus propios intereses. Es una práctica, 
desde luego, más sutil y que no acostumbramos a denominar a no ser que 
asumamos la definición antes ofrecida: abuso de autoridad, es decir, abuso 
de la confianza, autonomía y delegación que ha sido autorizada por la 
máxima autoridad (el conjunto de quienes componen la asamblea).

En la asamblea, por lo tanto, se crea una autoridad (colectiva, para más 
señas). Un colectivo asambleario o un régimen político asambleario velarán 
por que ese proceso de constitución como sujeto colectivo no conlleve 
autoritarismos individuales o corporativos. A la vez, el respeto a la 
autoridad de la asamblea no significa negárselo, necesariamente, a 
cualquier otra autoridad siempre que ésta sea autorizada por la asamblea. 
Es, de hecho, común y necesario que se delegue o confíe en (comisiones, 
portavoces o secretariados) con suficiente libertad de actuación al tiempo 
que se garantice que puedan rendir cuentas a la asamblea ante sucesos 
conflictivos o cuando se les solicite.

Sólo con esta argumentación en mente me parece que es posible entender que 
no están muy desencaminadas algunas de las críticas que aducen los 
activistas de clásicas organizaciones piramidales en contra de los 
colectivos que se autodenominan vagamente como y . Aunque la intención de 
esas críticas se dirija a la línea de flotación del como opción política, 
podemos valorar aquí tales acusaciones sólo como rasgos perversos de un 
intrasigente manifiesto en posturas como las siguientes: sólo me interesa 
asamblea, no la de otros colectivos; basta con que exista una asamblea para 
que ya exista organización o activismo social; ningún delegado ni 
representante están permitidos para no traicionar la preeminencia de la 
asamblea; los contenidos debatidos en la asamblea o los autoritarismos 
interiores a ella se consideran secundarios a la realización ritual de la 
asamblea; se pueden hacer asambleas en cualquier lugar, de cualquier forma 
y sin ninguna preparación (en medio de una carretera, delante de la 
policía, etc.); sólo los individuos intervienen libremente en la asamblea, 
aunque sea evidente la existencia de organizaciones, corrientes de opinión, 
grupos, camarillas o , sobre los que no cabe discusión, etc. Por desgracia, 
el o la ardiente asamblearista construye así una identidad excluyente y 
escasamente autocrítica, y sus asambleas rara vez serán ejemplo o atractivo 
para personas más o menos próximas.

Para concluir ya: tal vez la paradójica condición de las asambleas, su 
apertura a las voluntades individuales implicándolas en la conflictiva y 
provisional configuración de una general, sea indisociable de todas esas 
(aparentes) fragilidades a las que hemos pasado revista. En particular, 
podemos convivir pacíficamente con nuestros mitos (el de la sociedad 
asamblearia, el del y el del , en los sentidos antes mencionados) o 
cuestionarlos y matizarlos todo lo que sea pertinente en cada contexto en 
el que se manifiesten. No obstante, como he intentado argumentar, nuestras 
virtudes y potencialidades podrían adquirir muchas en las asambleas si, al 
mismo tiempo, vamos poniendo en tierra muchos otros cimientos y 
construyendo desde prácticas más indeterminadas y menos burocráticas que 
las necesariamente exigibles para conseguir la de muchas asambleas- más 
satisfactorias relaciones sociales con quienes tenemos más cerca, por lo menos.

Miguel Martínez

Nota: Agradezco las valiosas críticas y sugerencias de Ana Lorenzo a dos 
borradores previos de este texto.


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mi familia es la humanidad
y mi patria,
el mundo
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